Los cuentos cortos de un vagabundo

Los cuentos cortos de un vagabundo

Los vagabundos van de un lugar a otro sin un destino fijo, recorren toda clase de lugares, se enteran de todo tipo de historias y tienen oportunidad de vivir experiencias que muchos de nosotros ni siquiera hemos imaginado, entre ellas, las únicas que nos interesan en este momento, son las de carácter sobrenatural, aquellas que ericen los cabellos, que hagan temblar los huesos y rechinar los dientes. Esas cuyos relatos puedan convertirse en cuentos cortos que despierten el miedo en un par de líneas.

Comenzamos así, con el relato de Rafael, mientras este caminaba a orillas de la carretera, buscando ir de un pueblo a otro durante la madrugada. En ese tiempo, al alumbrado público era nulo, el único farol que le permitía seguridad en sus pasos era la Luna, pero en ciertos tramos en los cuales los maizales se alzaban varios centímetros sobre su cabeza, ningún rayo parecía iluminar el camino. Sin embargo, el seguía moviéndose, ayudado de un rustico bordón.

Caminaba sin premura, sus tantos años le obligaban a ir lento, encorvado, tembloroso, haciendo sonar armoniosamente las latas que llevaba a cuestas en una vieja mochila, a ratos silbaba, a ratos tosía, en otros, simplemente guardaba silencio, pensando, caminando. De pronto su ya tan conocida rutina, fue interrumpida por un ruido familiar, pero de cierta forma más animoso, más llamativo, que hacía eco en al ambiente. Se detuvo para escuchar con mayor atención, sin duda, aquello se oía como trastos metálicos, chocando unos con otros a cada paso dado.

De inmediato, esto se relacionó con un compañero de aventuras, una persona con quien sentarse a tomar una buena taza de café frente a la lumbre y compartirse historias sobre los lugares que el otro aún no ha visitado o las personas que no ha conocido. Lanzó un chiflido de reconocimiento, respondido de inmediato, desde el lugar donde una figura delgada y apenas perceptible salía de entre los maizales. Rafael fue a su encuentro, pero entre más se acercaba, más quiso evitarlo, pues estaba aclarándose frente a él, un ser de enorme estatura, envuelto en una túnica oscura que parecía tener vida propia y se movía rebeldemente sin sincronía con la criatura.

A pesar de sus muchos intentos, por detenerse y dar la vuelta, el vagabundo seguía caminando directo al ente desprovisto de rostro, como si este le hipnotizara con sus ojos rojos cual carbones encendidos, llegó tan cerca, que por unos momentos sintió el abrazo frio de aquel espíritu que parecía chuparle la vida, entraba por su garganta causándole carraspera y sorbía todo el aire de sus pulmones, parecía que lo voltearía de adentro hacia afuera, pero en un par de segundos, había ya atravesado su cuerpo y continuaba su camino, halando las pesadas cadenas con las cuales sujetaba varios espíritus.

Desde aquella noche, Rafael en sus andares, apresura su paso, se muestra inquieto, no quiere ser aquel que se cruce en el camino dela muerte, cuando esta necesite un abrazo.

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