Leyenda del pozo maldito

Cuando se descubrió oro en la zona serrana de Sinaloa, muchas familias campesinas obtuvieron grandes tratos para vender sus propiedades, dejando el camino libre para que las empresas mineras canadienses explotaran el lugar. En cuestión de semanas derrumbaron las modestas construcciones de los antiguos dueños para levantar las instalaciones de las compañías y campamentos para los obreros. Solo que hubo una condición muy determinante por parte de los anteriores habitantes de la región, y era que: por nada del mundo se tocara un viejo pozo en desuso y tapiado que estaba en la zona central del poblado.

Desafortunadamente, tal acuerdo fue solo verbal, no se estipuló en algún documento, una vez que se marcharon todos los pobladores y se establecieron los mineros, abrieron el pozo para investigar si podían utilizar sus túneles y apresurar la extracción del preciado metal. Hubo cierto recelo por parte de los obreros para bajar, pues el guía les informó sobre extraños dibujos, símbolos raros, y lo más inquietante, rasguños en las paredes de la fosa, misma que conservaba una humedad rojiza algo inusual.

Aun así, trabajo es trabajo, no tuvieron más remedio que utilizar aquella ruta, porque era optima, sin embargo, desde el primer día tuvieron problemas, el elevador se detenía constantemente, sin presentar alguna falla mecánica, las luces se apagaban y así sucedía con cualquier artefacto que utilizaban en la oquedad. También se perdían las herramientas, y los trabajadores empezaron a hablar sobre una serie de murmullos, unos muy particulares, que podían escucharse a pesar del ruido de las perforaciones y extracciones, tal y como si se hicieran directamente en sus oídos, causando también escalofríos en la nuca.

Se sentía un ambiente tenso que no les permitía trabajar en paz, la sensación de estar siendo vigilado, les obligaba a permanecer juntos todo el tiempo posible, ni aun el más valiente se atrevía a aventurarse solo y todo emporó cuando intentaron ensanchar la boca del pozo para meter maquinaria. Uno de los trabajadores vio salir un líquido denso entre las rocas, y se acercó, era resbaloso al tacto, no muy abundante, pero rojo, rojo intenso, como el color de la sangre, como la tonalidad que cubría las paredes de la fosa, al mover un poco las piedras, tremenda fue la sorpresa al encontrarse con un cuerpo, siguió moviendo los escombros con desesperación intentando ayudar a esa persona, sin embargo, solo encontraba más personas aparentemente heridas, aunque ninguno de ellos emitía queja alguna.

Desde la distancia los demás operadores de maquinaria notaron la actitud del compañero y fueron a ayudarle, pero estaba tan alterado, gritando por ayuda, que solo pudieron calmarle a golpes, cuando recobró la razón y explicó lo sucedido, no hubo quien pudiera creerle, pues aun estando con él en ese momento, no pudieron ver nada de lo que decía.

Los trabajos continuaron, de forma incomoda, pero iban avanzando, hasta que, en definitiva, los trabajadores se negaron a entrar en el pozo, tras un hecho en particular, pues durante un derrumbe, todos ellos quedaron sepultados debajo de cadáveres, cientos de ellos, cuya sangre corría por los túneles inundándolos sin control. Los mineros se abrieron paso entre aquella horripilante escena, moviendo los cuerpos de un lugar a otro, haciéndolos a un lado mientras flotaban en el rio de plasma. Al llegar a la superficie, su aspecto era perturbador, las caras blancas de susto se veían apenas pues estaban empapados de sangre, no podían decir palabra alguna, pero no hacía falta, simplemente se tapió el pozo, recordando que los antiguos pobladores fueron estrictos sobre el destino de este.

Se hicieron perforaciones y túneles nuevos, en ellos no hubo más problemas, sin embargo, los susurros seguían escuchándose al pasar al lado del pozo, por eso muchos preferían evitar acercarse siquiera.

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